¿A quién le importan los premios? - Ciudad Magazine

¿A quién le importan los premios?

Cada verano la tele es invadida por una insoportable cantidad de estatuillas. De los Estrella de Mar a los Oscar, y de Los Golden Globe a los premios Carlos. Todos los caminos conducen al detrás de la entrega. El motivo es claro.

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Por Ángel De Brito

Cada verano la tele es invadida por una insoportable cantidad de estatuillas. De los Estrella de Mar a los Oscar, y de Los Golden Globe a los premios Carlos, pasando por los del Sindicato de Actores hasta Los Marlos. Todos conducen a comentar la frivolidad, la alfombra roja, las transmisiones, la moda, los desafortunados conductores, los enojados, los olvidados, los papelones (algunos históricos) y otras yerbas. La rutina incluye comentar que la entrega es larga y aburrida, que los discursos son pesados, las innecesarias referencias a los familiares, las ironías de los políticamente incorrectos o las bajadas de línea.

Todos los premios son subjetivos, como lo mismos seres humanos que los entregan y los reciben. Parece mentira, pero siempre hay que recordar esto último. Ningún galardón es seguridad de valoración artística o garantía de aporte cultural, mucho menos de elogio a la creatividad. Siempre parece necesario recordar que sólo es un show.

Los ratings de las fiestas caen año tras año, pero el de los programas del día después no solo no baja, sino que cada temporada proliferan los espacios críticos: desde los más tradicionales, como la tele y los portales, hasta las más democráticas redes sociales: Twitter, Instagram, Facebook y Snapchat, que crecen gracias a la libertad de contenidos, extensión y variedad. Cada vez hay más audiencia.

Sin embargo, continúa siendo rendidor el día después. Los programas de acá y de allá lucran con los detalles, mucho más que con los ganadores. Los ratings de las fiestas caen año tras año, y el de los comentadores no se inmuta. No solo no baja, sino que cada temporada proliferan los espacios críticos: desde los más tradicionales, como la tele y los portales, hasta las más democráticas redes sociales: Twitter, Instagram, Facebook y Snapchat, que crecen gracias a la libertad de contenidos, extensión y variedad. Cada vez hay más audiencia.

En los últimos años, sufrimos los premios plagados de comentarios sobre la grieta. Justamente eso está ocurriendo ahora en el mundo yanqui. Nuestro conflictivo país siempre tuvo discursos políticos en las ceremonias. Así pasó en los Martín Fierro con las privatizaciones menemistas, el reclamo de ficción de los actores en pleno auge de los reality shows en el 2000, hasta las referencias más recientes al kirchnerismo y macrismo. Este verano 2017, los estadounidenses tuvieron un revival de politización, como en las épocas de guerras o la más emotiva ceremonia post 9-11. La colonia hollywoodense afiló sus uñas nuevamente para repudiar a Donald Trump, que justamente es un Presidente producto de dicha industria. Muchos quisieran que Meryl Streep fuera Presidente o Reina de California, pero la realidad indica otra cosa, y parece correcto quejarse ante el público, que justamente votó por el mediático mandatario. Contradicciones de la época.

Lo importante es que los premios entretienen, y ese debiera ser el objetivo primordial de los participantes. Es divertido todos los años ver juntos a Mirtha, Susana y Tinelli. Igualmente, descubrir la moda mundial desde la alfombra del Kodak Theatre, o criticar la precariedad de las estatuillas marplatenses y carlospacenses.

Cada uno le encontrará su diversión, participando o como televidente, y muchos repetirán: "¿A quien le importan?".